Culturas

Gustave Caillebotte y su pasión vegetal

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«Piraguas en el río Yerres» (1877) es uno de los cuadros de Caillebotte presentes en el Thyssen
ARTE

La reducción en el Museo Thyssen de Caillebotte a paisajes y flores –explicable dado el título de la muestra– acentúa su veta impresionista, a costa de ofrecerlo como un artista menor

La voz «impresionismo» nació en un café del boulevard des Capucines cercano al atelier de Felix Tournachon y se popularizó gracias a una serie de críticos de prensa a los que desagradó la exposición que se celebró allí en 1874. El argumento de los pintores –entre ellos Degas, Monet, Sisley, Morisot, Pissarro o Cézanne–, de que no pretendían plasmar la realidad, sino la impresión que esta produce en nosotros, les pareció irrisorio. Con arreglo al gusto de la época –denominador común que, hasta internet, gestionaron los periódicos–, aquel era un burdo subterfugio para ocultar la falta de talento. Nadie podía imaginar entonces que los impresionistas, cuestionando la idea de obra acabada y las leyes estéticas del pasado, iban a tener la influencia que tuvieron. Tournachon, el primer hombre que tomó una fotografía volando en un globo aerostático, estaba convencido, sin embargo, de que la nueva pintura, como la aeronáutica, la electricidad o la fotografía, contribuiría a mejorar la visión del ser humano.

Caillebotte no participó en la exposición impresionista de 1874, pero sí en las siguientes. Su primer gran fracaso, digámoslo así, fue «Los acuchilladores de parqué». Rechazada en el Salón de 1875 debido a la vulgaridad del asunto (unos obreros medio desnudos arreglando el suelo de una habitación), la obra revelaba un extraño interés por la labor de los trabajadores urbanos, algo insólito en una época entregada a las sonrosadas ninfas estilo Cabanel o las escultóricas y bien depiladas heroínas a lo Gérôme. El mensaje social, tiempo después tan popular, no atraía todavía a nadie. Tampoco a Caillebotte, quien, hijo de una rica e ilustrada familia burguesa, simplemente había heredado la idealizada visión de los talleres profesionales que la «Enciclopedia» propagó en la Francia del XVIII. Para él, la jardinería, la construcción de barcos, la propia pintura, eran un modo respetable de ocupar el tiempo. La afición a los operarios y el trabajo manual, denostado por las élites depredadoras del antiguo régimen, no tuvo, en su caso, absolutamente nada que ver con la política: se trataba sólo de una manera de concebir la existencia que, naturalmente, dejó huella en su pintura. Y lo mismo cabe decir del mecenazgo, ocupación que le permitió apoyar a sus amigos artistas y beneficiarlos con su patrimonio.

Todo un riesgo

En la muestra del Thyssen no está «Los acuchilladores de parqué», aunque sí un boceto que demuestra, por comparación con la obra definitiva, que Caillebotte no era tan impresionista como sus camaradas. Compartía con ellos el interés por plasmar la vida cotidiana en su instantaneidad, pero su manera de hacerlo –el modelado de las figuras, la bravura de las perspectivas, el uso de la luz–, está mucho más cerca de Degas que de Renoir. La ausencia en la exposición de obras tan significativas como «El puente de Europa», «París en día de lluvia», «Joven tocando el piano» o «En un café», y la profusión de paisajes y flores –explicable dado su objetivo titular– acentúa la importancia del elemento impresionista, aunque a costa de ofrecer un Caillebotte menor.

Este riesgo, relevante por ser la primera vez que se organiza en nuestro país una muestra monográfica dedicada a él, no debería hacernos olvidar su predilección por el acabado realista y la audacia compositiva de sus principales obras, precursoras de la perspectiva fotográfica. En un época en la que la fotografía, a la que era muy aficionado, amenazaba con liquidar la pintura (Tournachon, el aeronauta fotógrafo, realizó retratos que poco tienen que envidiar a los de los maestros antiguos), Caillebotte consiguió anticipar posibilidades con las que la técnica ni siquiera soñaba.

Su pintura «Los acuchilladores de parqué» fue rechazada en el Salón de 1875 debido a la vulgaridad de su tema

Pese a todo, ningún artista tuvo un compromiso tan fuerte con el impresionismo como él. Prueba de que fue así es que cuando falleció, en 1894, con sólo 45 años, el movimiento se dio por acabado. Celos y envidias habían roto la armonía de un grupo que se mantuvo integrado gracias a él y que, en cierto sentido, pervivió históricamente merced a la donación al Estado francés de su magnífica colección, sesenta piezas de la que al menos cuarenta son obras de primera categoría. Cuando dejó el mundo a causa de una congestión pulmonar trabajaba en una vista del jardín de su propiedad en Petit Gennevilliers, donde se había retirado en 1888 para dedicarse a la jardinería y la horticultura. Consciente de haber perdido la inspiración, algo parecido a lo que le ocurrió años después a Rodríguez-Acosta (pintor granadino que apaciguó su melancolía erigiendo al pie de la Alhambra un carmen fabuloso), Caillebotte prefirió consagrar sus fuerzas a la erección de un jardín, su «hortus conclusus», cuyas plantas y flores, en especial orquídeas, cultivaba en el invernadero que levantó junto a la casa y el taller.

La pasión por el mundo vegetal, reflejada en muchos de los lienzos presentes en esta exposición de Madrid, no le devolvió la inspiración de su juventud, pero contagió a otros, por ejemplo, su amigo Claude Monet, cuyo jardín de Giverny se convertiría en uno de los lugares míticos de la pintura. Lamentablemente, el de Caillebotte ya no existe: un bombardero alemán, hijo mecánico del globo de Tournachon, lo arrasó en 1944.

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