
El bosnio Faruk Sehic recuerda la patria idílica de su infancia antes de la guerra de los Balcanes, que asoló «un mundo propenso a la destrucción cíclica» y que describe sin anestesia
«Soy cronista de una era perdida, hundida, de un tiempo calcinado», declara el narrador de «Las aguas tranquilas del Una», del escritor bosnio Faruk Sehic, nacido en 1970 en Bihac, en la antigua y fenecida República Federal Socialista de Yugoslavia. Una espléndida, poco común, obra autobiográfica, construida a base de escenas, de fragmentos, robados a una memoria que dice sentir asco por sus «feos y sucios recuerdos». Una obra que no deja indiferente y que atrapa, succiona al lector hacia lo más profundo de su mágico y turbulento interior con una brillante escritura poética de gran sugestión evocativa y de una rara, penetrante e hipnótica perfección formal. Una obra admirablemente traducida al español por Miguel Rodríguez Andreu, que mereció en el momento de su aparición, en 2011, los más altos galardones, tanto dentro de su propio espacio lingüístico (ganó el Premio Mesa Selimovic a la mejor novela publicada en la antigua Yugoslavia), como en otros ámbitos (recibió el Premio Unión Europea de Literatura).
Vivir sin historia
«Hubo un tiempo -dirá este mismo narrador hablando de su ciudad- en que te solían llamar Pequeño París. Las tres casas para el culto (con la cruz ortodoxa, la cruz católica y la luna creciente con una estrella) estaban tan cerca las unas de las otras que a veces sus sombras se cruzaban en la semioscuridad de una noche de verano. Nadie prestó atención a eso porque entonces aquella armonía parecía un regalo de antepasados olvidados, aquello se daba por sentado. La gente vivía sin historia y fuera de la historia».
Este libro no es un libro más sobre la guerra de los Balcanes. O, si se prefiere, sobre la guerra de Bosnia-Herzegovina que tuvo lugar entre 1992 y 1995. Su autor, que debutó como poeta en el año 2000 y que actualmente vive en Sarajevo, es junto a escritores como Aleksandar Hemon -que reside en Estados Unidos y escribe en inglés-, como el igualmente bosnio Velibor Colic, como los serbios Goran Petrovic y Dragan Velikic, o como los croatas Miljenko Jergovic y Dubravka Ugresic, uno de los mejores nombres surgidos antes y después de la guerra que asoló «un mundo propenso a la destrucción cíclica», como se apunta en la novela.
No es fácil escribir sobre la guerra, sobre traumas que han sido analizados y narrados hasta la saciedad. Pero aún así, de vez en cuando, surgen fascinantes textos que son auténticas obras de arte en su género, como es el caso de «Las aguas tranquilas del Una». Y no es en absoluto fácil, máxime cuando estas guerras son guerras recientes. Guerras narradas en directo y grabadas en la retina de cada uno. Guerras sobre las que todos parecen saber todo. «Los grandes eruditos del periodismo -dice con ironía el narrador, que se declara &ldquo-poeta y guerrero&rdquo–, esos expertos que lo saben todo, dicen: se trató de un caso de fuerza mayor, un movimiento tectónico de la historia, un agujero blanco en la nebulosa de Asterión y una fluctuación subespacial dentro de la materia oscura, el colapso de la última utopía del siglo XX. El muro de Berlín se derrumbó sobre nosotros y era sólo una cuestión de justicia que la sangre fuera derramada en alguna otra parte».
No es fácil escribir sobre la guerra. Pero, de vez en cuando, surgen textos que son auténticas obras de arte, como este de Sehic
No será ésta la única vez que este autor, Faruk Sehic, ex teniente del ejército bosnio, que llegaría a dirigir una unidad de 130 hombres y que se alistó voluntariamente a los 22 años, dejando sus estudios de veterinaria en Zagreb, cargue en su libro contra los especialistas y estudiosos «posteriores» a estos cataclismos: «Los analistas «post scriptum» tienen problemas para entender la lucha por la supervivencia. Les gusta molestar con metáforas ilegibles y explicar mi destino a través de fenómenos globales y episodios de importancia crucial: falsos acontecimientos que nunca podrían explicar el cataclismo. (&hellip-) Yo era un hombre con una misión: sobrevivir».
Con su propia ciudad desaparecida, pulverizada, en 1993, disfrazada «de plantas y ruinas»- con la querida casa de su abuela junto a la orilla del Una quemada y calcinada, de forma sucesiva: en 1942, tras un bombardeo de los aliados, y en 1992, cuando alguien le prendió fuego a una alfombra mojada en gasolina- con la imagen de hombres de Srebenica con las manos atadas a la espalda y empujados a las fosas- o con la constancia de que muchos vecinos y amigos, enmascarados, han bajado a torturar y matar en mazmorras improvisadas a otros que antaño fueron vecinos y amigos, después de todo eso, nadie es ya inocente. Muy atrás en el tiempo queda «un tiempo diferente: una vida de inocencia y paz bajo la campana acristalada de la atmósfera yugoslava».
Un pasado feliz
Aún así, la vida corre y corrió por el Una, como no deja de recordar el narrador, «cronista de sueños», no sólo cronista de lo real. De lo real que sin cesar autocensura «con todas sus fuerzas la forma y contenido de las imágenes sobre la guerra». Pero la persuasión de un pasado normal, feliz, imbuido de insólitos vuelos de la imaginación, de un pasado y educación sentimental compartida por cualquier chico europeo de los años 70 y 80, con poemas de Rimbaud y Brodsky, de relatos de Borges, de frases y personajes de la película «Blade Runner», antes de que su ciudad hubiera adquirido el aspecto sombrío de «la tierra después de la Tercera Guerra Mundial», es más fuerte que el espectro de la muerte y la destrucción que vino después.
La intención del autor, como él mismo confiesa al final, era otra muy distinta al comenzar a escribir este libro. La intención era huir: «Estoy enfermo de mí mismo y harto de escribir sobre la guerra y sus consecuencias y quiero huir al mundo idílico de mi infancia en el río Una». Al final, este gran autor que es Sehic conjugaría todo: hablaría con una seca, concisa, casi brutal y terrible sinceridad del acto de matar en una guerra -«el enemigo es el enemigo, no puede ser una persona normal y corriente»- y, al mismo tiempo, no dejaría de volver la vista atrás, de forma emocionante, conmovedora, apasionada sobre un mundo natural, secreto, íntimo, que renacía día tras día, a través de plantas, animales, golpes de viento, inundaciones devastadoras y cíclicas. Tan cíclicas como esas guerras que, invariablemente, cada cierto tiempo, daban al traste con todo.
