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El bebercio en el arte: entre la genialidad y la autodestrucción etílica | Público

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La tradición romántica que vincula creatividad y ebriedad se ha perpetuado. La nueva película de Thomas Vinterberg y el biopic sobre Shane MacGowan, líder de The Pogues, reabre el debate sobre la vinculación entre cogorza e inspiración.

La posibilidad de entregarse al bebercio ha estimulado desde tiempos inmemoriales esa cosa esquiva llamada inspiración. De sus efluvios nacieron grandes obras que han pasado a la historia, de eso no hay duda, como tampoco las hay sobre su capacidad autodestructiva y el enorme talento del que nos ha privado, justamente, la priva.

La tradición romántica que vincula creatividad y ebriedad llega, casi intacta, hasta nuestros días. De Billie Holiday a Raymond Carver, pasando por Amy Winehouse o David Foster Wallace, el binomio genialidad – autodestrucción etílica es un patrón que se repite, aún hoy, con sorprende asiduidad. Como si se retroalimentaran.

Crock of Gold: bebiendo con Shane MacGowan, biopic que se acaba de estrenar y que narra la andanzas beodas del líder de The Pogues, incide precisamente en ese combo en el que bebercio y creatividad se presentan de la mano. «Todo era una mierda, tanto que tuve que perderme en la bebida. Estaba harto de la banda y la música y todo eso. Todo lo que pude hacer fue beber. Simplemente me perdí en la bebida», esgrime MacGowan en el documental.

MacGowan: «Todo era una mierda, tanto que tuve que perderme en la bebida»

El psicólogo Finn Skårderud, psiquiatra del Comité Olímpico Noruego, defiende la dudosa teoría de que el ser humano nace con un déficit de nivel de alcohol en sangre de 0,05%. Según su hipótesis, si cada día bebiéramos la cantidad de alcohol suficiente para corregir ese desequilibrio, rendiríamos mucho más y mejor.

Al borde siempre de la boutade, lo que hace el cineasta danés Thomas Vinterberg es tomarle la palabra al doctor y plantear en Otra ronda, aspirante a los Oscar a la Mejor Dirección y a la Película de Habla no Inglesa, una reflexión sobre la manera en que bebemos alcohol, la felicidad o no que nos procura y la pérdida de curiosidad y de incentivos en la sociedad occidental.

La «celebración del alcohol» frente a un modo de vida en el que la productividad lo es todo se antoja una suerte de antídoto. Como si ese puntito etílico al que se encomiendan los protagonistas de Otra ronda evidenciara la anomia existencial en la que grandes capas de la sociedad se hayan insertas. Una huida hacia adelante que encuentra en el alcohol la forma de redimir el dolor del día a día.

Un dolor que conoce bien la escritora y profesora estadounidense Leslie Jamison, y que tuvo a bien combatir con ingentes cantidades de vino y demás brebajes. Ella estuvo ahí, lo que empezó siendo un intento por vencer su inseguridad y su timidez crónica, derivó en una espiral autodestructiva auspiciada por el consumo de alcohol.

Olivia Laing: «Las mejores obras de los alcohólicos fueron escritas en períodos de abstinencia»

Lo cuenta en La huella de los días (Anagrama), donde detalla no sólo factores ambientales, sino también psíquicos y genéticos, que contribuyen a conformar lo que viene siendo un alcohólico. Es, precisamente, ese bagaje hecho de pequeñas miserias heredadas lo que configura al adicto y modela al creador. De nuevo, y según Jamison, adicción y creación van de la mano.

Una mirada que coincide con la de la crítica literaria Olivia Laing, quien, en su ensayo El viaje a Echo Spring: Por qué beben los escritores (Ático de los Libros) nos habla precisamente de esa histórica simbiosis entre alcoholismo, trauma, creatividad y conflictos sexuales en autores como F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Tennessee Williams, John Berryman o John Cheever. Una aproximación a la cogorza literaria por antonomasia atendiendo, también, a esa mochila que a duras penas todos (también los creadores) arrastramos.

La clave, como casi siempre, suele estar en el término medio. Laing nos da la razón cuando advierte en su ensayo que probablemente «sin alcohol, estos autores habrían creado más». Y añade: «Las mejores obras de los alcohólicos fueron escritas en períodos de abstinencia». Un estado previo a lo imprevisible que combina la sensatez del abstemio con la enajenación del adicto.

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