Culturas

Cañada Real: La verdadera Cañada Real: el relato vital de sus vecinos contra el estigma y el olvido

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Cinco dramaturgos se inspiran en la vida cotidiana de los habitantes del asentamiento irregular más grande de España para crear la ficción sonora geolocalizada ‘DramaWalker Cañada Real’, el nuevo proyecto del Centro Dramático Nacional.

La Cañada Real, escuchada con otros oídos. O, si se prefiere, contada por otras bocas. Una historia de vidas que no tienen nada que ver con el vertedero informativo donde algunos medios de comunicación arrojan sus despojos de marginalidad y drogas. «El sector VI se ha cargado esto, porque es el que sacan en las noticias, pero ningún periodista ha contado la verdad de las cosas», se queja Miguel Martín (Toledo, 1952), cuyo padre sembraba tomates y patatas en una huerta hasta que construyó una pequeña casa.

¿Y cuál es la verdad de las cosas? «Que en vez de echarle un cable a la población le echan mierda», protesta este vecino criado en San Fernando de Henares, aunque cañadiense de adopción. Hace casi tres décadas, decidió instalarse aquí, donde con sus propias manos ha levantado una pirámide, pintado un Guernica, diseñado esculturas y proyectado una casita para que jueguen sus nietos. «La vena artística me viene de nacimiento, si bien la Cañada me ha permitido desarrollarla, porque tengo sitio de sobra».

Germán Sánchez Cuesta (Tornavacas, 1940) posa ante la cámara. Un equipo del Centro Dramático Nacional (CDN) graba su testimonio, una entre tantas narraciones orales con las que trabajan cinco dramaturgos para forjar Dramawalker, ficción sonora ambientada en el asentamiento irregular más grande de España. «Necesitamos acercarnos a unos relatos que la prensa pasaba por alto, profundizando en el lado más humano de la zona, el de la comunidad y la vecindad», explica el coordinador artístico, Fernando Sánchez-Cabezudo.

«Antes éramos cuatro y la convivencia era maravillosa», recuerda Germán. «De aquí para arriba se está poniendo muy difícil. En el pasado nadie movía un dedo, pero ahora hay drogas». Este emigrante cacereño —porque aquí, ayer y hoy, todos son migrantes y poco importa el prefijo: in o e— señala el sector VI, escenario de reportajes televisivos sensacionalistas que muestran las miserias humanas, incluidas las propias, reflejadas en el espejo de sus cámaras.

Una realidad aumentada —la parte por el todo— que escapa al clima de convivencia de tantos vecinos de la Cañada Real que, como él, aprovecharon los fines de semana para alzar, ladrillo a ladrillo, una vivienda. «Un sábado hacía una pared y, al siguiente, otra». Cuando se divorció en los noventa, se vino para aquí con otra pareja, aunque ahora vive solo y dentro de una semana ingresará en una residencia de ancianos. «Si caigo enfermo, a ver quién me va a cuidar».

Germán apenas ha ido al teatro. La suya es una dramaturgia presente que se resiste a mirar por el espejo retrovisor de la existencia. «Yo no sé leer ni escribir, pero he estado toda la vida luchando y trabajando», le confiesa a Fernando Sánchez, quien desenvaina con sus preguntas cada uno de sus ochenta años. Él, en cambio, los condensa en una respuesta: «La vida pasa y hay que saber pasarla».

Su voz es la única presente en Dramawalker Cañada Real, pues el resto de los vecinos le prestan su relato a los actores y a las actrices que protagonizan esta ficción sonora geolocalizada en una vía pecuaria por la que hoy trashuman almas de diverso pelaje. La Cañada Real Galiana es —a ojos de las administraciones— una no realidad que mide más kilómetros que los que la separan del centro de Madrid, que al darle la espalda hace que no exista. Sin embargo está ahí, a doce minutos en coche del parque del Retiro, donde unos pájaros rivalizan con otros.

«Desayuno en la cocina rodeado de gorriones, mientras las palomas torcaces andurrean por ahí», comenta Miguel, harto de que la sociedad mire con lupa al vecindario, que no es uno sino muchos. «Esto ha cambiado un montón y, en función de los sectores, verás a población española, marroquí y de otros países, aunque los informativos solo muestran el VI, que se ha cargado la Cañada». En cambio, se queja, en las elecciones tiene que desplazarse hasta Rivas-Vaciamadrid cuando cerca de su casa hay tres escuelas. «Si votásemos, habilitarían un colegio electoral cerca, pero hasta ahora solo nos han puesto zancadillas».

En sus palabras subyace una crítica a todos los gobiernos y administraciones, que al margen de sus colores siempre han mirado hacia otro lado, sobre todo en dirección a su propio ombligo. El pasado invierno, mientras en la capital se escuchaban villancicos, más de 4.000 personas, buena parte de ellas niños, no tenían luz ni calefacción. Luego, en enero, la borrasca Filomena tiñó de blanco Madrid: lo que en las calles del centro era un juego, aquí era frío. «Fijaos en todos los detalles, no os quedéis en la superficie», pide Miguel. «La gente viene a la Cañada creyendo que la van a atracar, pero ese miedo es producto del estigma que han levantado. Sin embargo, aquí hay mucho más de lo que parece».

Aquí es el sector V, en el distrito de Vicálvaro, donde se asienta el Centro Sociocomunitario Cañada Real, un espacio polivalente en el que dramaturgos e intérpretes ultiman el proyecto del Centro Dramático Nacional. «Tratamos de construir desde la ficción un relato que cuente la intrahistoria que compone el mapa de vida de un barrio. O sea, la historia no oficial», detalla la directora artística, Raquel Alarcón. «No es un proceso documental, pues parte de la dramaturgia teatral, pero para construir un imaginario que surja de una realidad es necesario el testimonio de quienes lo han vivido».

A partir de los relatos de los vecinos, cada autor decide en función de su experiencia hasta dónde quiere ficcionar. Cristina Rojas, por ejemplo, se valió de una exposición de mujeres ilustres de diversas culturas para plasmar un alegato antirracista. «Quise reflejar la alegría, la solidaridad, el trabajo y las ganas de vivir de todas las mujeres de la Cañada, algo que yo no me esperaba, pues siempre se muestra como un lugar más oscuro», explica la dramaturga, quien decidió ponerse en el lugar del otro interpretando a una gitana.

«Hay una mayor conciencia social que la que a veces puedes sentir en el centro de Madrid, pero ellas son víctimas de la estigmatización y del prejuicio del payo, que yo misma tenía hasta que las conocí. Entonces me planteé que el problema era mío», reconoce Rojas. Una anécdota que, en palabras de Raquel Alarcón, fue un «disparador» para la autora, cuyo texto desplegó las alas para adentrarse en la ficción. En otras ocasiones, añade, el dramaturgo hila una escena a partir de los encuentros con los vecinos. «No trata sobre un hecho puntual, sino que recoge una atmósfera y el modo de respirar de un barrio».

Al principio, la leche fría era divertida, como la nieve. Hasta que entró en los zapatos. Bajo un poste de la luz que no alumbra, una madre marroquí y su hija charlan durante el apagón en la Cañada Real. El texto, de María Velasco, abraza «ese espíritu inspirado en el ambiente femenino», explica Alarcón, quien defiende el recurso de la ficción para que la historia no se quede en una experiencia individual y abarque la vivencia colectiva. ¿Por qué el sol brilla para todos pero la luz no?, le pregunta la hija a la madre, que son todas las hijas, todas las madres.

La demonización de la Cañada Real

Diego Peris, arquitecto y miembro del colectivo Todo por la Praxis, profundiza en los orígenes de la Cañada Real, un territorio desafectado que debería incorporarse a los desarrollos urbanísticos de los ayuntamientos de Madrid, Coslada y Rivas-Vaciamadrid. Desafectar es un verbo raro. Podría parecer que significa dejar de afectar, como si te extirpasen un dolor, aunque la realidad es lacerante: «Declarar formal o tácitamente que un bien de dominio público queda desvinculado de uso o servicio público», define el diccionario de la RAE en su única y contradictoria acepción.

«O sea, que no está dotada de servicios», aclara Peris en un lenguaje comprensible, alejado del Derecho, pero que alude a la falta de los mismos. «Porque no ha habido una voluntad política de dar una solución a la Cañada, a la que nadie presta atención», critica el arquitecto. La gente vino a esta tierra, recuerda, porque no tenía dónde vivir. Hace cuarenta años se produjo un éxodo rural y luego siguieron otras migraciones, que se toparon con la especulación urbanística, el boom del ladrillo y la consiguiente demonización del barrio. «La burbuja inmobiliaria provocó un ataque al territorio, que comenzó a ser estigmatizado y objeto de derribos, pues surgió la la necesidad de expulsarlos», añade Peris.

El experto en urbanismo sostenible entiende que solo la lucha vecinal, antaño clave en otros barrios como el Pozo del Tío Raimundo, puede frenar los embates contra esta franja de quince kilómetros de longitud, aunque es consciente de que la presión urbanística es brutal. «El desarrollo del asentamiento desde la informalidad ha ido acompañado por un intento de mermar su tejido asociativo mediante los derribos, pues a los ayuntamientos les resulta imposible desalojar a los casi diez mil vecinos», afirma Peris, quien cree que la incorporación del barrio a los municipios se vio truncado por la reactivación de los PAU que se habían quedado congelados en el tiempo.

«Los planes y algunas voces sugieren que podrían cepillarse todos los sectores, excepto el II, el más consolidado y español«, augura el miembro de Todo por la Praxis, quien apunta medidas coercitivas como el corte eléctrico que dejó la Cañada varios meses sin luz. Otras decisiones administrativas pasan por la inacción, o sea, por el histórico olvido y abandono. «Aquí no existe alcantarillado, el alumbrado no funciona, apenas hay buses y los servicios básicos brillan por su ausencia», critica Peris, quien recuerda que para usar el transporte público hay que acercarse hasta Rivas-Vaciamadrid. El sector VI incluso está más aislado, como refleja su dirección oficiosa: Camino del Vertedero. Del Vertedero de Valdemingómez.

La «única» y verdadera Cañada

Para dar a conocer la otra Cañada Real, el Centro Dramático Nacional eligió este rincón perdido de la mano de dios, como en Barcelona escogió Poblenou o en Santiago, el barrio de Vite, consumido por la heroína en los años ochenta. «Bueno, la otra no, sino la que es», corrige Sánchez-Cabezudo. «Porque no deja de ser la única Cañada que conforman sus propios vecinos, sus intrahistorias y sus voces», añade el coordinador artístico del CDN, que estrenará el proyecto el 27 de junio tras varios meses de trabajo sobre el terreno, entrevistando a sus gentes para modelar los relatos sobre la verdadera Cañada.

«La particularidad de Dramawalker es que, más allá de una ficción sonora, te acerca al barrio de una manera física, pues las historias se desarrollan aquí mismo», detalla Sánchez-Cabezudo, quien anima a los ciudadanos a ser partícipes de la experiencia y, guiados por un mapa, recorrer el escenario de los hechos y escuchar a sus protagonistas a través de una aplicación descargable. «Es la manera de vincular al espectador y al vecino con su identidad, pues el propio barrio sirve de escenografía». Si no fuese posible desplazarse, la web del CDN permitirá oír desde cualquier lugar las escenas escritas por Alberto Conejero, Jorge Aznar, Roberto Martín, María Velasco y Cristina Rojas, que se han valido de las voces de catorce intérpretes, entre ellos Pepe Viyuela y Carmen Machi.

En un despacho del Centro Sociocultural ensayan su papel Hajar Brown, Francesco Carril y Somaya Taoufiki, acompañados por Roberto Martín, autor de Las liebres. Fuera, la diseñadora de sonido, Sandra Vicente, ajusta los micrófonos, que no solo graban a los intérpretes sino que también captan el ambiente. «Rodar en exteriores resulta complicado porque, a nivel técnico, no es un entorno controlado», asegura. Cualquier ruido espontáneo puede dar al traste con la grabación.

Vicente los denomina «sonidos no deseados», el peaje por disfrutar de «una experiencia inmersiva que hace que el oyente no esté fuera sino dentro, participando de la acción». El exterior también permite actuar, o sea, incorporar el gesto a la palabra. «Es mucho mejor que grabar en estudio y acerca este género al cine», añade la diseñadora de sonido, para quien «poner en acción» las palabras «es fundamental para encontrar la verdad del texto». José Antonio Plaza, el técnico que le presta ayuda, asiente mientras sujeta la pértiga del micrófono boom: «Recogemos el texto en primer término, pero también el ruido de unas pisadas o de unas ramas».

Mientras unos graban la ficción sonora, Miguel deja constancia de una realidad que no llega hasta nuestros televisores. «Cuando la Cañada estaba muy convulsa, venían cadenas de todo el mundo. Ya nos han pisoteado bastante y quiero que algún día sea un barrio en condiciones, por eso participo en este proyecto: para que se vea que aquí se hacen muchas cosas y hay gente muy creativa», afirma este tapicero que guarda en su mollera el secreto de la pirámide. Germán, en la misma línea, responde a la cámara: «Me gustaría que la escena terminase con una final feliz, aunque esa es la gracia del artista. La última frase tiene que ser alegre».

Raquel Alarcón ha dejado en manos de los dramaturgos los porcentajes de invención y de documento. «A veces, el testimonio o la anécdota de un vecino tiene tal peso, densidad y profundidad que cala por sí sola, porque tiene varias lecturas y encierra una esencia muy fuerte», concluye la directora artística de Dramawalker. «Incluso hay sucesos reales que podrían parecer inventados. Y ahí la ficción no es necesaria, pues no necesitamos darle ese vuelo porque es inherente a la propia realidad». La Cañada Real como la vida misma.

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