
Las vías alternativas desde las que la 32ª- edición de la Bienal de São Paulo pretendía dialogar –en un ejercicio de liberarse de los formatos habituales– suponen en la práctica un itinerario accidentado que acaba en un callejón sin salida
Al igual que la Bienal del Whitney, la de São Paulo es un acontecimiento que produce críticas acaloradas. La última edición de esta veterana muestra –inaugurada en 1951 copiando la estructura de la Bienal de Venecia– ha provocado una polarización todavía más aguda. Abrió sus puertas el 10 de septiembre, sólo 11 días después de que Dilma Rousseff fuese depuesta por un senado contaminado por la corrupción, tras un extenuante proceso. La «zona autónoma temporal» hace referencia a ello. En este espacio, el público se puede sentar, debatir y usar las paredes para reproducir lo que se puede leer en los muros de la ciudad.
«Incerteza Viva» (hasta el 11 de diciembre) es ambiciosa. Política local y global, derechos de los indígenas, «vías alternativas» o «inteligencia ecológica y colectiva» son algunos de los términos que el comisario Jochen Volz y su equipo emplearon para describir esta 32ª- edición. No se explica demasiado qué significan, y el catálogo fue un regalo al que sólo tuvieron acceso los VIP de la crítica. Inspirándose en disciplinas que van desde la termodinámica a la teoría de la información, Volz empieza por los conceptos de «incertidumbre» y «entropía» para definir «la tendencia de un sistema al equilibrio o al desorden», y que encuentran también respuestas en materias distintas como las matemáticas, la biología y la antropología. Según Volz, el arte, a diferencia de otras disciplinas, apunta al desorden, teniendo en cuenta su ambigüedad y contradicción.
Una decepción
Para gran parte de la masa crítica brasileña, el acontecimiento ha sido decepcionante: «Demasiado políticamente correcta» o, acertadamente, «una exposición sin visualidad». A pesar de estas críticas en un momento marcadamente ideológico del país, criticar abiertamente la 32ª- edición se ha convertido en el equivalente de ser conservador. A pesar del historiado marco conceptual, hay un aspecto relevante: alrededor del 70 por ciento de las obras se han creado para la cita, y muchos artistas tenían sus estudios dentro del edificio. Experimentación, en gran parte sin mucho éxito, pero saber que la mayoría de las creaciones no llegaron desde las galerías es un punto a su favor. Hay 81 artistas, incluyendo varios africanos y caribeños, y un grupo de brasileños que viven fuera de São Paulo o de Río de Janeiro.
Distribuidas por los tres pisos del edificio de Niemeyer y con algunas obras en los jardines, esporádicamente se crea un diálogo interior-exterior. Las piezas, instaladas sin lógica, desarrollan un discurso desordenado que más bien confunde el intelecto y la vista. Pocas se quedan grabadas, y la mayoría son de artistas conocidos: Ö. Fahlström, Víctor Grippo o Sonia Andrade, sorprendentemente instaladas en tradicionales cubos blancos.
Alrededor del 70 por ciento de las obras se han creado para la cita. Que la mayoría no lleguen desde las galerías es un punto a favor
A pesar de este desorden, algunos proyectos captan la atención. Independientemente de si los puristas lo consideran arte, «Restauro» (2016), de Jorge Menna Barreto, es oportuno en un país donde no existe ninguna legislación sobre el uso de los agroquímicos. Transformó el restaurante de la Bienal en una instalación funcional, planteando interrogantes sobre nuestros hábitos alimentarios y su impacto medioambiental. Una obra colectiva, en colaboración con un chef y estudiantes de una escuela de cocina.
La ecología y otros temas relacionados constituyen la línea más visible de la Bienal. En la entrada, un homenaje a Frans Krajcberg. Nacido en Polonia, llegó a Brasil en los 50, y hoy, a los 95, vive en el campo en el estado de Bahía. Una gran instalación con troncos recuerda que antes de que la defensa del medio ambiente fuese tema del arte, sus obras inspiradas en la exuberante fauna autóctona llamaban la atención sobre la urgencia de la sostenibilidad. «Gente Río» (2016), de Carolina Caycedo, es un proyecto en tres partes con un inquietante documental sobre las presas de Monte Belo y Bento Rodríguez, antes y después del desastre ecológico de Mariana, en Minas Gerais, cuando se cumple un año del mismo y poco se haya hecho para la recuperación de la zona.
El tiempo es oro
Hay una amplia y relevante selección de vídeos con tintes de documental, en su mayoría de entre 20 y 30 minutos, un tiempo que la gente no está dispuesta a dedicar, aunque muchos merecen el rato. Algunos son los habituales: Jonathan Andrade, Rosa Barba, Pierre Huyghe o Hito Steyerl. Vincent Carelli es una singularidad. Desde hace tres décadas viene planteando debates determinantes para los indígenas de Brasil, y ha formado a cineastas nativos desestabilizando los relatos basados en miradas externas.
Fuera del vídeo, «Una vez, una vez» (2016), la instalación de Lyle Ashton Harris con imágenes entre 1986 y 1998 del vasto archivo del artista, evoca momentos vividos en la intersección de lo personal y lo político, y presenta experiencias de cómo el pasado impacta en el presente. El colectivo brasileño Opavivará! utiliza elementos de la vida cotidiana para modificar la dinámica de los espacios en los que estos se encuentran. El español Xabier Salaberria también altera la circulación en el espacio y recombina las ideas de escultura, arquitectura y diseño industrial en «Restos materiales, obstáculos y herramientas» (2016). En la Bienal, sólo cuatro o cinco pinturas, que no vale la pena mencionar.
