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¿Cómo pretende China alcanzar el liderazgo económico, tecnológico y geopolítico? El ambicioso plan de Pekín | Público

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El decimocuarto plan quinquenal chino (2021-25) no es una estrategia de desarrollo económico cualquiera. Encierra los instrumentos que Xi Jinping maneja para que el gigante asiático certifique el salto hacia el liderazgo global.

El recién estrenado plan quinquenal chino contempla objetivos ortodoxos dentro de la política económica que ha regido los destinos del gigante asiático de su historia reciente. Mantener unos indicadores de dinamismo «dentro de unos rangos adecuados»- gastos en I+D+I superiores al 7% de crecimiento anual- contener la tasa de desempleo urbano por debajo del 5,5%- incrementar el censo de residentes en grandes ciudades hasta alcanzar el 65% de la población, elevar la tasa de expectativa de vida en un año, promover el desarrollo sostenible, impulsar las inversiones y los negocios a través de la Nueva Ruta de la Seda que patrocina el Gobierno de Pekín y acomodar la Pax China dentro y fuera de sus fronteras. La estrategia económica para el lustro actual rompe con una tradición de décadas. Por primera vez, no establece una meta concreta de crecimiento del PIB. Sin duda, por las incertidumbres que reinan sobre el ciclo de negocios poscovid. Pero deja retazos de la ambición que el presidente chino, Xi Jinping, trata de inculcar en la segunda economía del planeta para alcanzar el cetro geopolítico y el liderazgo de la prosperidad mundial.

China busca reducir su dependencia exterior y acabar -o, al menos, recortar- con su ventaja competitiva a través de bajos salarios

El jerarca china y del partido comunista impulsa un salto económico y tecnológico que refuerce el peso digital del país y que está enfocado a dos aspectos esenciales: a superar cualquier riesgo o amenaza sobre su seguridad nacional y a impulsar la demanda interna- es decir, a espolear el consumo privado y las inversiones empresariales. Dos líneas de actuación preferencial marcadas por Jinping, especialmente tras su renovación presidencial en la Asamblea Popular, que le otorgó el plácet para perpetuarse en la jefatura del Estado. Un escudo de defensa territorial y un clima socio-económico que adentre definitivamente al gigante asiático en la senda de las potencias de rentas altas, mercados que confían las bases de sus sistemas productivos en la capacidad de sus consumidores y el dinamismo empresarial. China busca reducir su dependencia exterior y acabar -o, al menos, recortar- con su ventaja competitiva a través de bajos salarios. No desea seguir con el cartel de la Gran Factoría mundial.

De ahí que el decimocuarto de sus planes quinquenales introduzca indicadores más ambiciosos de retroceso del desempleo o de emisiones de CO2 y de impulso de energías limpias que le haga avanzar hacia la neutralidad energética. A pesar de las dudas de que la reactivación económica global puedan poner en jaque el ritmo de consumo e inversiones, la capacidad de su industria energética por abordar el tránsito hacia las renovables o las reformas aperturistas en sectores considerados estratégicos, como varios segmentos tecnológicos, o el financiero, como advierten los analistas. Oceana Zhou, de Standard & Poor’s Global Intelligence, señala que el plan 2021-25 chino fija un rumbo para «espolear la economía doméstica» con las herramientas elegidas por la UE, «innovación tecnológica y sostenibilidad medioambiental», con objeto de reducir al máximo la dependencia de China de las materias primas en los próximos años.

Pone énfasis especial en el consumo y en el repunte de la demanda de productos con alto valor añadido -dice- lo que se traducirá en reconversiones en sectores estratégicos. Gigantes como Sinopec tendrán que dirigir sus flujos de capital a elimar la huella de carbono de sus refinerías y a reconducir los gastos del próximo lustro, monopolizados hacia el segmento petroquímico, altamente contaminante y a la actividad química. Una transición -explica la analista de S&P- en la que primará el negocio del gas licuado y el hidrógeno para abastecer la apuesta de Pekín por los vehículos limpios y rivalizar con los conglomerados eléctricos del país por este tipo de utilitarios. China sigue importando el 45% de su demanda petroquímica. Con esta variante política del plan, los cálculos de S&P avanza que el techo de consumo de carburantes fósiles se adelantará diez años, hasta 2030.

China se adentra en la senda sostenible

«La demanda de gas en la economía china crecerá un 41% en los próximos cinco años»

La revisión estratégica del plan se ajusta al anuncio de Jinping, en conexión telemática durante la última reunión de la Asamblea General de la ONU, de certificar emisiones netas cero de CO2 en 2060. Una meta más acorde con la realidad industrial del gigante asiático. Pese a que llegaría a ella diez años después del objetivo temporal europeo. Pero su inclusión en la hoja de ruta del quinquenio actual exige «una estrategia más agresiva para promover las energías renovables en el transporte y la industria». Los mercados observarán con atención las maniobras del principal consumidor de petróleo y combustibles fósiles y las preferencias de su transición energética. En nuestra opinión, dice Jeff Moore, gestor para Asia de Platts Analytics, «la demanda de gas en la economía china crecerá un 41% en los próximos cinco años, con crecimientos constantes de la producción nacional, pero también de los flujos llegados a través de los gaseoductos con los que abastece desde el exterior las necesidades de su industria, que aumentarán en un 26% durante el periodo de vida del plan recién aprobado».

Moore anticipa que la Administración Nacional de la Energía del país ultima el road map de la transición, la configuración del mix energético para este lustro y los niveles de eficiencia que requerirá la adaptación a las metas del quinquenio. Y anticipa la liberalización del sector, por lo que las compañías, locales e internacionales, deberán replantearse sus planes de generación, desarrollo y distribución. Especialmente las gasísticas. También los emporios estatales del petróleo deben reconfigurar sus inversiones. PetroChina ya ha combinado en sus planes estratégicos fórmulas de integración de sus producciones fósiles y renovables, con un amplio abanico de opciones, desde el gas, la geotermia, la solar y la eólica, a través de proyectos piloto en lo que ha integrado en su cadena de valor, en 2020, el hidrógeno. CNOOC apostó en 2019 por la energía eólica y alguna de sus centrales, como la de la provincia de Jiangsu, ya produce la totalidad de su producción con esta fuente energética. Zhou aventura desregulaciones en el sector de la energía, sin que las autoridades, de momento, «levanten la banda de fluctuación de precios de los combustibles fósiles en el mercado doméstico».

Alicia García Herrero asegura en su análisis en Bruegel deja varias lecturas del plan quinquenal. La primera que, pese a la ausencia de un objetivo de crecimiento, el primer ministro, Li Keqiang, deslizó un repunte superior al 6% como meta para 2021 y crecimientos de entre el 7% y el 10% el resto de los ejercicios de la senda marcada por Pekín hasta 2025. Al igual que para la inflación y el déficit. El dinamismo que logre instaurar a su economía determinará el músculo de China en el ciclo de negocios poscovid para abordar el liderazgo global. Y Pekín -explica Herrero- ha sido cauto. Al menos, más que el FMI, que concede a China una previsión del 8,1% este ejercicio. Una maniobra que podría justificarse en unas expectativas de pérdida de ritmo en los próximos años. Porque para China, «la estabilidad es un elemento absolutamente clave» y cualquier señal de un deterioro de la coyuntura venidera -con la incertidumbre situada en 2022- rebajaría la guía con la que Pekín dirige las expectativas económicas del país. Li determina una ligera contracción del desequilibrio presupuestario hasta el 3,2% del PIB y augura un control de los precios, cuyo límite inflacionista es del 3%. Señal de que China anticipa una disminución de su programa de estímulo fiscal. La confluencia de esta triple previsión oficial -pese a la ausencia de objetivos específicos- sobre crecimiento, déficit e inflación desvela la prioridad que otorga Pekín en el próximo lustro a tres prioridades estructurales: el combate contra el rápido envejecimiento de su población, la corrección, de forma aún más acelerada que en las últimas décadas, de la cada vez menor brecha en innovación y la apertura de sus mercados.

Hu Zacai, subdirector de la Comisión Nacional de Reformas y Desarrollo (NDRC, según sus siglas en inglés), otra de las voces autorizadas que analizó el plan quinquenal tras su aprobación, pone más argumento sobre la mesa al trascendental impulso transformador del plan chino: «Busca un escenario de circulación dual, con impulso de políticas de autosuficiencia e independencia en el terreno tecnológico que explican el aumento de los gastos en I+D+i, y de impulso y protección de las inversiones en energías renovables que, a la vez, permita una coexistencia pacífica con el modelo actual, de manera transitoria, pero a corto plazo, con la intención de dejar el menor margen de maniobra posible a las incertidumbres». Porque -admitió Ning Jizhe, directivo de la NDRC, «la recuperación sostenida y estable se enfrenta a tantos riesgos como oportunidades en estos cinco años». Entre otros, citó la evolución de la covid-19, las todavía severas condiciones económicas mundiales, las tensiones geopolíticas crecientes y la incompleta recuperación tanto del consumo como de las inversiones en el mercado chino.

Herrero añade otros tres aspectos prioritarios de Pekín. La innovación, cuyos gastos en I+D+i superan el ritmo de crecimiento del PIB y en cuya política incluye subsidios adicionales a firmas que colaboren en la investigación y el desarrollo de la digitalización. Una proyección inversora y comercial más amplia e intensa que se aprecia con los recientes acuerdos con Europa y Asia o la aceleración de las negociaciones de libre comercio con Japón y con Corea del Sur, así como en el Tratado Trans-Pacífico y con la que pretende elevar el retorno de inversiones y beneficios del exterior y mejorar la posición de sus empresas en sectores bajo procesos de reestructuración y operaciones de fusión derivados de la Gran Pandemia. Estos dos derroteros, combinados, serían esenciales para incrementar la productividad y la competitividad china. Y, finalmente, acumular más capacidad productiva para abordar el cambio del modelo de crecimiento.

Músculo para afrontar la Guerra Fría con EEUU

La tensión en el Mar de China, la reaparición del QUAD -Diálogo de Seguridad Cuadrilateral que integran EEUU, India, Japón y Australia- que ha parecido dormir el sueño de los justos durante 15 años, pero que acaba de reanudar sus sesiones ejecutivas y que, a los ojos de Pekín, es un claro intento de establecer una Alianza Atlántica en Asia, y la amenaza diplomática del secretario de Estado americano, Antony Blinken, para que el gigante asiático ponga fin a los abusos en el orden geoestratégico, económico y de derechos humanos en su país, bajo la amenaza de desatar una Guerra Fría, son varias de las razones que esconde el más misterioso aunque, a la vez, más exigente plan quinquenal chino. Blinken utilizó su cuenta oficial de twitter para dejar claro que EEUU, pese al fin de la Administración Trump, «defenderá sus intereses nacionales, promoverá los valores democráticos y vigilará a Pekín por sus abusos del sistema internacional». El cruce de acusaciones desde la victoria electoral de Joe Biden explicita un escenario diplomático de tensas relaciones. Con altibajos dialécticos modelados desde ambas superpotencias. Desde China, Yang Jiechi, miembro del Buró Político del Partido Comunista Chino (PCCh) y director de la oficina de la Comisión de Asuntos Exteriores de su Comité Central, respondió que su país «no busca ningún tipo de confrontación, sino respeto mutuo y cooperación win-win». Mientras Biden insisten en el discurso de que China es «nuestro más serio competidor y rival» y Jinping advierte sobre las consecuencias de una Guerra Fría entre ambas naciones. Blinken situó el conflicto en «la agresiva política de abusos económicos, sus acciones coercitivas en la escena internacional y sus ataques a los derechos humanos, la propiedad intelectual y la gobernanza global».

La segunda economía mundial ha partido con ventaja en la travesía de la Gran Pandemia. No solo por haber iniciado la recuperación en verano pasado, sino porque ha logrado sortear la recesión del PIB en 2020 y acumula superávits comerciales con prácticamente todas las naciones industrializadas y los principales mercados emergentes por su condición de suministrador de bienes y material médico para combatir la epidemia. También ha desplazado a EEUU como gran primer emisor de flujos de capital transfronterizos. Según datos de la UNCTAD, la agencia para el Comercio y el Desarrollo de Naciones Unidas, las inversiones extranjeras directas se redujeron en un 42%, hasta los 859.000 millones de dólares en 2020, más de un 30% por debajo del registro de 2019. Con China aumentando sus movimientos de capital al exterior en un 4%, hasta los 163.000 millones de dólares, frente a los 134.000 de EEUU, que experimentaron un colapso del 49% en términos interanuales.

El Ejército chino «debe estar preparado para responder al complejo escenario internacional y a las situaciones de alto riesgo a las que se enfrentará la seguridad nacional del país». Palabras de su comandante en jefe, el presidente Jinping, en la última cita de la Comisión Militar Central. Y el horizonte es «extremadamente inestable e incierto». El punto geopolítico más caliente entre ambas superpotencias se sitúa en el Mar de China, donde Pekín ha impuesto un férreo control sobre sus aguas internacionales ante la amenaza que les supone -admite- la defensa diplomática estadounidense de la isla de Taiwán. Pekín asegura que nunca ha intercedido en el comercio marítimo y niega tener la intención de imponer el tráfico de mercancías chinas. Sino que -afirma- sus acciones responden a tácticas de preservación de su soberanía nacional. Mientras en el orden económico, la Casa Blanca insiste en los escasos avances de China para alcanzar el estatus de economía de mercado, en acusar a Pekín de establecer métodos de espionaje empresarial, de no respetar la propiedad intelectual de las firmas extranjeras y de mantener una banda de fluctuación cambiaria, dominada desde su banco central, sobre su divisa que atenta contra la libertad de mercado.

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