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Aventurero, ladrón y timador: Teodoro I, el gran rey ilustrado que no tenía sangre azul | Público

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Teodoro I fue rey de Córcega solo durante unos meses. De forma sorpresiva, además, porque ni él tenía sangre real ni Córcega era un reino. Pero lo hizo bien, aplicó reformas, quiso modernizar. Todo acabó saliendo mal. Esta es su historia.

Fue un buen rey.

A ver, tuvo sus cosas, ¿eh?, tampoco vamos a negarlo. ¿Abrigaba querencia por lo de acumular riquezas que no siempre había conseguido legalmente? Pues sí. ¿Pecó alguna vez al contraer relaciones con mujeres que solo buscaban el vil metal? Pues oigan, también, pero a ver quien es el listo que nunca ha caído bajo el embrujo de dos ojos azules. Al final terminó perseguido por todo y por todos. Fundamentalmente los jueces, que para eso son implacables. Pero, en fin… también tenía cosas buenas. Era majete, salado, saludaba siempre en el portal. Campechano, si quieren usar esa palabra tan rara. Defectillos, pero campechano…

Nos referimos, claro, a Teodoro de Córcega, ¿eh? De quién íbamos a hablar si no.

Nos vamos al siglo XVIII. El Siglo de las Luces, la Ilustración, la Encyclopédie. Al sur de los Pirineos llegaron los Borbones y se siguió con la decadencia, porque las viejas costumbres son cosas de mantener. Es 1694 (aún reina por Madrid Carlos II de Habsburgo, tan simpático, tan inútil) y en Colonia nace un tal Theodor von Stephan Neuhoff. Un niño pequeñajo, nariz aguileña, ojos vivaces. Clase acomodada, pero no mucho. Su padre militar, su madre hija de burgués. Francesa ella, súbdito del Círculo de Baja Renania-Westfalia él. Vamos, meollo total del Sacro Imperio, con todo lo que eso significa de guerras, matanzas y rencillas menores por la época.

Pero, claro… si eres hijo de la milicia pues igual esas cosas hasta te favorecen. Digamos que el chaval ponía de su parte, porque era avispado y tenía oído para los idiomas, cosa importante en aquella Europa llena de principados, reinos y dinastías con prognatismo. Entre eso y que su familia estaba bien colocada pues nuestro jovencito Theodor empezó a servir en cortes y séquitos. De las formas más variadas posibles, oigan. Que si tradúceme esta carta, que si tráeme un café con mucha espuma y dos de sa-ca-ri-na, que no soporto el azúcar, que si vete a Londres o Madrid para espiarme un ratuco. Sí, amigos, Neuhoff se hizo espía, que es cosa muy rentable en las distancias cortas, siempre que sepas mantener la boca cerrada. Como el mozo era de natural flexible pues iba cambiando sus lealtades. La duquesa de Orleans, Su majestad cristianísima Luis XV de Francia, el cardenal Alberoni… Enseñe usted el cheque y yo veré qué le puedo espiar, oiga.

En Madrid vivió buenos años, amparado en el natural gracejo borbónico. El primero, además, que Felipe V inauguró la dinastía al sur de los Pirineos. Qué días, macho, qué días… es que era cosa de verse, cómo corría el dinero por la capital. Y Teodoro empieza a disfrutar de la vida, que Madrid es lo bueno que tiene, que hay fiesta cada noche, si hasta tienen atascos a las tres de la mañana, que eso es maravilloso, que es una identidad de la villa y corte. El problema es que también tiene tentaciones. Tascas, tabernas, tugurios, tafurerías. Y mujeres, mujeres buenas y malas, como hay hombres buenos y malos. A Teodoro le gustaban todas, pero casó solo con una, que era dama de honor para Isabel de Farnesio. Amante del lujo. Ella, él. Vamos, que la tarjeta de crédito echa humo, amigos. Y, claro, empiezan los problemas. Que si aquí no te sirvo porque me debes tanto, que si allí no vamos porque dejé un cañón la semana pasada. Acoso de los acreedores, que son tipos sin sentido del humor. Y el alemán políglota huye, no vayan a rebanarle el pescuezo, cosa muy a tener en cuenta.

Media Europa y parte del Magreb, para entendernos. Tiempos duros. Oye, Teo, ¿a qué dedicaste las horas en tu odisea? Pues mira, prefiero ni recordarlo, porque triste es pedir, pero más triste es robar. Y, en fin, robar también lo hice, para qué engañarnos. Vendedor de crecepelos, ladronzuelo de poca monta. De haber nacido hoy, Von Neuhoff tendría un anuncio en la teletienda. A las tres de la madrugada. Producto perfecto para eliminar esos kilitos tan antiestéticos. Ustedes me entienden.

Y en estas que, oh casualidad de casualidades, el Destino viene a visitar a Teodoro. En Génova, nada menos. Allí nuestro hombre gravita (ahora más cerca, ahora un poco lejos) alrededor del Palacio Ducal. Que, oye, mal irán las cosas si estos simpáticos Dogos no necesitasen consejo de alguien bien educado, con viajes a sus espaldas y mucho don de gentes. Deben ustedes entender que de aquella no había Europol, ni Facebook, y era más difícil rastrear a los simpáticos picaruelos de un reino a otro. Así que Von Neuhoff empieza a susurrar en oídos de los Grimaldi, los Spínola, los Balbi o los Durazzo. Gente gorda, vaya. Y en un momento trascendental para la Serenísima República.
Digamos que Génova ya no es lo que fue en aquel primer tercio del Siglo XVIII.

Digamos que Génova ya no es lo que fue en aquel primer tercio del Siglo XVIII. Nosotros, que trajimos el Renacimiento, que éramos faro cultural de occidente. Nosotros, con barcos cruzando orgullosos el Mediterráneo, con banqueros sangrándote a intereses en cada puerto entre Lárnaka y Cádiz. Y ahora… miren. Que si pestes, que si apoyos inadecuados. Nos bombardean los franceses, nos conquistan islas los tunecinos. Y hasta esos, esos que están ahí, a tiro de piedra, quieren independizarse. Los corsos, qué cabrones. Se quejan de que los tratamos como una mera colonia, de que los explotamos sin piedad. Y oye, no te voy a decir yo que no, pero a cambio pueden disfrutar perteneciendo a lo más granado de la cultura europea, ¿no? Vaya, algo tendrán que poner de su parte.

La cosa viene de 1729, con alzamientos aquí y allá en Córcega, que es isla con muchas montañas, muchos pueblitos y muy pocos lugares donde plantear batalla abierta. Vamos, perfecta para las guerrillas, no sé si me explico. El asunto se puso tan feo que hasta requirió la mediación del Sacro Imperio (que de aquella aún mandaba un montón por esos lares). Veamos, ustedes, señores corsos, me van a deponer las armas, y los genoveses, a cambio, conceden más autonomía y hacen dos o tres reformas en el ámbito económico, ¿vale? Vale, me parece bien, a mí igual, perfecto, firmamos aquí, en la misma Génova. Es 1732, y por la ciudad ligur pasean un montón de tipos con acento raro y mirar desconfiante. A ver si nos van a engañar estos, que son muy cucos.

Curiosamente (o no) Teodoro von Neuhoff entra en contacto con ellos y empieza a simpatizar con su causa. Y, encima, se carga de razones cuando todos los miedos de los corsos se ven confirmados… Génova signa, ellos vuelven a su islita y los italianos ya han roto los tratados antes de comer el primer queso… Uno puede ser un golfo, un timador, gustarle el vino, las mujeres y el dinero ajeno. Uno puede salir de las discotecas cada noche tarareando «soy un truhán / soy un señor», gafas de sol caladas, joder, qué cantidad de luz, a ver con quién puedo ir a cenar hoy. Sí, todo eso… y a la vez notar cómo en tu espíritu aguijonea la injusticia. Y eso le ocurrió a Theodoro von Neuhoff. Que me han engañado a los amigos, que mira qué sinvergüenzas estos genoveses. Que menudo bochorno. Ya ven, anhelo de libertad que le va brotando entre vino y vino.

Escribió a Carlos VI de Habsburgo, cabeza del Sacro Imperio, quejándose por lo que él consideraba engaño genovés. Tampoco sabemos muy bien en calidad de qué envió esa misiva pero, por unas cosas u otras, coincidió que la Serenísima República decidió abrir un poco la mano y poner en libertad a algunos cabecillas rebeldes que tenían presos. Neuhoff, que era idealista pero sobre todo muy vivo, vio ahí cuña, y decidió aprovecharla. He sido yo, colegas, ha sido gracias a mí. Oh, vaya, qué tipo tan influyente, su voz se escucha por toda Europa. Y parece simpatizar con nuestra causa. ¿Y si…?

Digamos que los corsos andaban algo perdidos en este tema. Tenían una insurrección en marcha, pero no le veían buen futuro. Oh, Génova no era enemigo temible, claro, ya está en plena decadencia. Pero tiene detrás aliados fuertes. Francia, los Habsburgo… depende de cómo haya venido el año. Y tampoco nosotros es que seamos un ejemplo de organización, oigan. Disensiones internas, nos llevamos bastante mal. Dicho de otra forma… que no encuentran un líder en condiciones. De hecho hasta le ofrecen corona a Felipe V de España, pero éste ya estaba a otros asuntos, como creer que era una rana, no cortarse jamás las uñas y pellizcar el culo de todas las doncellas de palacio. En fin, lo típico. Eso que se perdieron los corsos. Así que… ¿quién podría ceñir nuestras joyas, sentarse en nuestro trono?

Oh, sí.

Año 1736. Puerto de Aleria, uno de los más importantes de Córcega, recién conquistado por los rebeldes. Allí arriba un barco inglés. Uno que, dicen, viene cargado con pertrechos, armas, municiones, también víveres y ropas. Nadie lo sabe, pero todo aquello lo paga el Bey de Túnez, Ali Pasha, que está deseando darles a los genoveses en los mismísimos morros (y arrimarse unas cuantas islas y ciudades aprovechando el asunto). Theodor había conocido al Bey después de que su embarcación fuese apresada por piratas berberiscos. Cómo haces el recorrido desde prisionero con pocas opciones hasta colega a quien pagas las aventuras es otro maravilloso misterio de esta historia.

Pues bien, de esa nave en Aleria baja Theodor von Neuhoff. Radiante. Con sus mejores galas, con una peluca que le cae por encima de los hombros, toda blanca, bucles enrollados como cannoli de Sicilia. En fin, las modas. Vivas y bravos, alborozo, ahí llega nuestro salvador. Lo crean o no todos piensan que es su única posibilidad de ser libres. Lo crean o no el 15 de abril de 1736 es proclamado rey de Córcega. Teodoro I. Su corona será de laurel, como las que había en Grecia o Roma. Digamos que el asunto debía tener más oropeles, pero los de Génova, bastante encabronados con la evolución del tema, interceptaron el barco que llevaba a Córcega una tiara de oro como es debido. Así que… en fin, tampoco vamos a hacerle ascos a un trono solo por esas fruslerías, ¿no creen? Si París bien vale una misa, Ajaccio se conforma con laureles. Y ahora somos Teodoro I, nada menos.

Y, a partir de aquí… lo inesperado. Aun más, vaya.

Porque nuestro amigo Teodoro, ya metidísimo en el papel, se cisca por completo en cualquier teoría que ustedes hayan escuchado sobre sangre azul, preparación desde la cuna o midiclorianos a montones. Vamos, que el tipo (villano de postín, tercer estado bien marcadito en su mentón) resultó ser un rey excelente. Al menos lo que pudo, lo que le dejaron. Empático, con ideas avanzadas, claro espíritu reformador. Una auténtica joya de la Ilustración. Quien quiera sacar conclusiones de este hecho (inexistencia de sangre real, reinado meritorio) que lo haga por su cuenta y riesgo, que yo no predispongo. Funda la primera universidad de la isla, decreta libertad de culto, comparte su poder con una asamblea de notables, unifica pesos y medidas, reestructura la administración central y territorial de su reino. Quiere abrir una ópera, quiere recopilar todas las leyes. Vamos, que el perfecto rey ilustrado era un aventurero que se había ganado la vida vendiendo el Bálsamo de Fierabrás.

Vivir para ver.

Duró poco, como duran siempre las historias bonitas. Ojo, tampoco vayan a pensarse que aquello era una balsa de aceite, porque todos los clanes, tendencias y facciones de la isla querían atraerse a Teodoro hasta su territorio (físico y metafórico) para mejor influir. Y el tipo… nada. Oigan, que tenemos una guerra a medio ganar con los genoveses. Que hay cosas más importantes. Pero explícaselo tú a esos sanos muchachotes. En lo militar el tema va bien al principio, porque con pasta todo es más fácil, y de esa forma al Ejército corso lo van engrosando mercenarios, piratas y golferas de medio continente. Pero a la larga… insostenible. Señores, lo siento, les prometí independencia y no tienen, pero tendrán. Les prometí dinero y armas y no tienen, pero tendrán. Ahora prefiero renunciar a mi trono para mantener mi palabra. Ahora me voy para buscar esos apoyos que, sé, toda Europa está deseando darles. Ahora abdico para mejor ceñir más tarde esta corona que es la de todos ustedes.

Sí, amigos, en noviembre de 1736, apenas medio año con el título, nuestro protagonista abandona voluntariamente su cargo como rey. Ya les dije que esta iba a ser una historia de no creerse, ¿eh? Para poder viajar por el continente más tranquilo, sin peligro, y así recolectar alianzas y promesas. Como lo oyen. Nada de retiros dorados en una satrapía de Oriente Medio, por poner un ejemplo aleatorio. Este abdicó para trabajar aún más duro. Si es que hay cosas imposibles de creer…

¿Quieren una última vuelta de tuerca? El pasado siempre acaba por alcanzarte. Digamos que nuestro Theodor tiró demasiado de agenda. Iba sin dar su auténtico nombre, pero… vaya, personaje conocido en diversos sitios, y por diversas causas. Pasea por España, por la península italiana, por Francia y los Países Bajos. Algunos le compran su idea, qué cojonudo todo, Theo, toma aquí una bolsita de monedas para eso del nuevo Reino que cuentas. Pero tiene dos problemas. El primero son los genoveses, que, como fácilmente comprenderán, no están nada contentos con esta gira. Así que intentan cargárselo en París, sin éxito. Lo otro es peor. Acreedores. Acreedores antiguos. Ay, igual no debí tentar tanto la suerte. A Teodoro lo ven aquí y allá, y hay quien empieza a atar cabos. Demasiados. E incriminadores. Vamos, que a la cárcel. En Holanda. Será un ratito, porque logró la libertad prometiendo prebendas gordas a los neerlandeses allá por Córcega. Ser rey, a veces, te sirve para librarte del trullo, ya saben.

Pero no siempre, por desgracia para nuestro protagonista. En 1768 vuelve a la isla, acompañado por una flota con pabellón holandés. Pero… agua. Cuando los simpáticos hijos de las Provincias Unidas ven que allí no hay mucho para comerciar deciden dar media vuelta, dejar a los corsos combatiendo en solitario y abandonar en su tristeza a un Von Neuhoff que, ahora sí, piensa que igual aquello no fue buena idea del todo. Vuelta a empezar. E idéntico destino. Se tira una década larga recorriendo bancos, duques (también duquesas, claro) y cortes solo para recibir siempre un educado «no» por respuesta. Tanto viaje es caro, y vuelve a sus antiguos negocios, con los problemas que eso conlleva.

En 1748, cuando aún andaba tras un sueño en el que ya nadie creía (los franceses parecían bastante interesados en Córcega, y cada movimiento en uno u otro sentido era respondido por ellos, no sé si me entienden) lo vuelven a apresar. Londres, esta vez. Siete añitos en la cárcel. Pudo salir solo tras ceder a sus acreedores los derechos dinásticos sobre Córcega. Lo que, visto en perspectiva, bien poco pago parece, porque la isla era, ahora sí, independiente, pero la mano detrás de ello fue la de Pasquale Paoli (y la de Rouseau, vaya, quien redactó la Constitución). Solo unos pocos años, les advierto, hasta 1769, que Francia invadió la isla. Nueve de mayo, en Ponte Nuovo sul Gordo. Batalla decisiva. Tres meses más tarde Carlo Maria Buonaparte, secretario de Paoli, tenía un hijo. Francés por nacimiento, casi sobre la bocina. Napoleón, le puso por nombre.

El destino de nuestro protagonista es menos recordado. Apenas sobrevivió un año en libertad, sin moverse de Londres. Arruinado, sumido en la más absoluta pobreza, dependiendo de caridades ajenas. Dicen que si su máximo benefactor fue Horace Walpole, autor de El Castillo de Otranto, la primera novela gótica. A veces la historia es de un caprichoso que asusta.

Theodor Von Neuhoff murió el 11 de diciembre de 1756. Fue golfo, rey e ilustrado, en ese orden. Un monarca que buscó lo mejor para los suyos, aunque fuese durante unas pocas semanas. Otros no pueden decirlo. Está enterrado en una iglesia del Soho, y sobre su lápida hay grabado un pequeño poema, obra de Walpole. Allí se habla del destino. «Le concedió un reino y le negó el pan», dice el último verso.

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