Culturas Climent o el ensayo permanente Published 9 años ago9 años ago • Bookmarks: 27 В«Clodomiro y AbrahámВ», ilustración publicada en В«Blanco y NegroВ», nВє. 2.047, el 10 de agosto de 1930 ARTE Climent fue el eterno incomprendido. En parte, porque siempre navegó a contracorriente (lo que supuso abrazar la vanguardia)- en parte, porque pocas veces dio el brazo a torcer con el mercado Enrique Climent (Valencia, 1897-México D.F., 1980) libró a lo largo de su vida dos batallas: una, contra el encasillamiento en cualquier tendencia– otra, contra lo que Inés Amor denominó «una soberbia poco práctica», la que le llevaba a no participar en cualquier muestra o a no regatear el precio de sus obras. Formado en las escuelas de San Carlos de Valencia y San Fernando de Madrid -donde llegó en 1919-, fue uno de los ilustradores españoles más preocupados por introducir las corrientes estéticas modernas en sus colaboraciones para medios como «La Esfera», ABC, «Blanco y Negro» o «Gente Menuda», sin duda imbuido por el espíritu que Gómez de la Serna expandía desde su famosa tertulia en la botillería Pombo, y pese a que siempre se sintió más atraído por el territorio de la pintura. Ya en su primera exposición, en 1924, en el salón madrileño Nancy, desubicó a la crítica con una forma de trabajo que experimentó también en sus dibujos. Consistía la misma en confeccionar previamente unos muñecos, que luego reproducía sin renunciar a hacer visible esa condición grotesca, lo que hizo pensar a algunos en una suerte de pintura satírica. Soluciones fáciles Pero lo suyo era modificar constantemente su lenguaje, colocándose tan pronto en la órbita de los surrealistas como en la de los cubistas, los expresionistas, los geometristas, los metafísicos o los nuevos realistas, tal vez porque, como confesó en el otoño de su existencia, era un joven que, debido a su falta de sabiduría, «tenía las soluciones fáciles»- como lo suyo también era estar abierto a las propuestas de vanguardia, con las que se familiarizó durante los dos años (1924-1926) que pasó en París trabajando en el ámbito de la escenografía teatral. Tan sólo pareció medio encajar en las exposiciones de la Sociedad de Artistas Ibéricos -que a la postre casi tenía por programa la renovación del arte hispano y el establecimiento de los necesarios vínculos con un público reacio a lo novedoso-, o en las de los componentes de la primera Escuela de Vallecas. Nada que tratase de abrir camino a otras sensibilidades le fue ajeno (ni los cuentos infantiles, ni el cartelismo, ni el fotomontaje, ni su colaboración con los escritores que parieron revistas como «Hoja Literaria», «Noreste», «Atlántico« o «La Gaceta Literaria»), convencido de que tal entrega redundaría en beneficio de un mayor dominio estilístico y, sobre todo, del arrumbamiento de toda clase de firmezas. «Yo soy un hombre de dudas, de muchas dudas», le comentó en 1972 a Miguel Fernández-Braso. Por eso en los 68 originales que de él posee la Colección ABChay múltiples, y hasta encontrados, Climent. «Yo soy un hombre de dudas, de muchas dudas», le comentó en 1972 a Miguel Fernández-Braso Muy capacitado también para la docencia, en 1931 consiguió plaza como profesor de dibujo en el instituto Salmerón de Barcelona, ciudad en la que permanecería hasta el final de la Guerra Civil, y en la que pintó el impactante óleo «El bombardeo», con el que participó en el pabellón de la España republicana en París, en 1937 (el pabellón «del Guernica»), al tiempo que se implicaba en tareas de propaganda, con similar entusiasmo al que le había llevado a participar en las Misiones Pedagógicas de la II República. Sus ideas izquierdistas le obligaron, al término de la contienda, a pasar a Francia, en la que experimentó la dureza de los campos de concentración donde nuestros vecinos encerraron a los exiliados (de lo que dejó dibujos), hasta poder escapar a México, embarcado, como Gaya, Bardasano, José Agut y tantos otros, en el mítico buque Sinaia. Uno de sus mejores cuadros lo pintó precisamente al poco de instalarse en la capital mexicana: el retrato de su amigo Juan Gil-Albert, otro miembro más de aquella España peregrina. Pero la nueva patria de acogida, pese al apoyo de alguna galería, como la de la citada Inés Amor, fue minando la confianza en sí mismo, dominada como se encontraba por el peso que durante tiempo ejercieron sus grandes muralistas. De modo que, aunque a su alrededor iba creando un grupo de afines artistas locales más jóvenes, empeñados también en romper con la tiranía estética, Climent fue deshaciendo los vínculos con aquel mercado que no le valoraba como él creía merecerse y terminó por aislarse de casi todo en su estudio, cada vez más enfrascado en sus permanentes dudas y en el valor artesanal que implica también la pintura, muy en especial en la infinita variedad de matices que hay en el color. Todo ello con la complicidad de su esposa estadounidense, Helen, con la que tuvo tres hijas. Hacer justicia Creo que somos injustos cuando relativizamos la importancia de ese largo período de su vida al compararlo con la radiante modernidad de sus años de formación. Yo, al menos, veo un contínuum incluso en las modestas caricaturas de mexicanos que poseen sus hijas, con esa meta que se fijó tempranamente de escapar del grupo, fuera este del signo que fuera. En 1963 regresó a España y, hasta su muerte, pasó largas temporadas en Altea. Pero en cada una de las exposiciones que hizo entre nosotros (en salas como Cisne o Biosca) lo habitual era que los críticos, ante aquel hombre más amigo de los silencios que de la locuacidad, y que por tanto no les proporcionaba pistas para interpretar su quehacer, se mostraran igual de desconcertados que aquellos otros que en su juventud sólo alcanzaban a ver la epidermis de su transgresión. Enlace de la fuente: http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-climent-o-ensayo-permanente-201705110114_noticia.html 27 recommended0 commentsShareShareTweetSharePin it