Familia

Las emocionantes historias de niños a los que se les permite vivir en una familia normalizada

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Luisa con una de sus cinco hijos y Andrea a la que llevaron a conocer Burgos
Familia – Padres e hijos

Padres e hijos enseñan se esfuerzan en dar cariño y atención para mejorar la infancia

La solidaridad hay veces que no entiende de dinero, sino de sentimientos, de vínculos, de emociones, de compañía, de ilusiones… de esperanza. Este es el reto que muchos padres y madres se plantean junto a sus hijos: volcarse de forma directa en ayudar a otros niños de hogares desestructurados a sentirse queridos y a mostrales que otra forma de vida familiar, donde impera el cariño y el respeto, es posible. Una realidad que les es lejana, pero que al dársela a conocer les sirve de modelo para que quieran imitarlo en el futuro y puedan tener una familia «normalizada».

Isidro Villoira, director del área social de la Fundación Alicia Koplowitz, corrobora que en España hay «una nueva cultura de solidaridad». Explica que «ya no hay tanto talonario», sino que las acciones van más encaminadas a compartir talento –es decir, a transmitir el conocimiento que pueda servir a los menores para progresar–, o tiempo –para ofrecerles compañía y cariño–. «En nuestro caso –apunta– resulta muy beneficioso porque tratamos de impulsar el futuro de los niños tutelados por el Instituto del Menor, que son portadores de marginalidad, y gracias a las familias que les apoyan hemos logrado, incluso, que saquen buenas notas».

Vínculo de motivación

Una de estas familias es la de Luisa Olazabal, que con sus tres hijos mayores, de los cinco que tiene, ayudan a estos chicos. «Empezamos cuando mi hijo mayor tenía 13 años. Les enseñan inglés y matemáticas. Estoy muy contenta de que hagan esta labor porque, además, se dan cuenta de que no todo el mundo nace con la misma suerte y que hay que colaborar para que otros niños sean capaces de labrarse un futuro y formar una familia que, de otra forma, muy difícilmente conseguirían tener. Entre ellos se establece un vínculo de motivación muy intenso».

Luisa con una de sus cinco hijos y Andrea a la que llevaron a conocer Burgos
Luisa con una de sus cinco hijos y Andrea a la que llevaron a conocer Burgos

También hay familias que deciden acoger durante un fin de semana o unas vacaciones a estos menores tutelados dándoles una gran oportunidad de conocer lo que es una familia estructurada. Celebran juntos los cumpleaños, van al cine, hacen una comida especial los domingos… «Ven otra realidad diferente a la suya, vivencia que les sirvirá de referencia. Además, mantienen con ella una relación afectiva de continuidad porque este tipo de acciones solidarias humanizan», apunta Isidro Villoira.

Es lo que le pasó a la familia de Fernando Blanco. Este padre decidió hace cinco años que sus hijos Marina (que hoy tiene 14 años), Ana (12) y Francisco (11) se involucraran en el programa Voluntariado y Asistencia que consiste en pasar tres mañanas de sábado cada trimestre con un niño con discapacidad y pocos recursos económicos. «Desde pequeños mis hijos han aprendido que hay personas no tan afortunadas como ellos y a las que debemos ayudar e integrar en la sociedad. La sorpresa ha sido que a mí me ha servido mucho más de lo que imaginé porque estas familias me han aportado una gran lección de cómo enfrentarse a la vida con fuerza y optimismo cuando la situación no es nada fácil».

Fernando y sus hijos se han volcado con Laura, una niña de diez años muy querida por sus propios padres y que sufre mioclónias cerebrales que le impiden hablar y moverse con soltura. Acude cada día a la escuela y de allí va casi siempre a casa. Su madre, Ángela, explica que al principio le costó mucho dejar a Laura con desconocidos porque ella está tan entregada a su cuidado que «es difícil pensar que estará bien con otras personas. Aún así me tranquiliza saber que en Desarrollo y Asistencia les dan un curso para saber cómo tratar a estos niños».

A pesar de sus dudas iniciales, accedió. No se arrepiente. «Los sábados viene Fernando con sus hijos a casa a buscarla –explica–. Es como una fiesta. Ella no habla, pero sé que está contenta por los sonidos que emite. Se la llevan al planetario, a una ludoteca, a un museo… El hecho de estar con otros niños y sentirse centro de atención le beneficia mucho. Además, siempre es un pequeño respiro para los padres, aunque yo en ningún momento lo hago por este motivo, sino porque veo que ella está feliz».

Salir de su burbuja

María del Valle Pinaglia es la directora del programa de voluntariado familiar de Desarrollo y Asistencia que permite que Laura salga con la familia de Fernando. Esta organización comenzó su actividad en 1995, cuando un grupo de jubilados quiso seguir participando activamente en la sociedad contribuyendo al bien común y a la dignidad de la persona. Comenzaron en el Hospital Clínico San Carlos y, desde entonces, se han sumado cientos de personas que, al igual que ellos, se planteaban la opción del voluntariado. «La idea es que los niños discapacitados y con dificultades económicas puedan disfrutar de momentos de ocio y que salgan de la burbuja en la que están inmersos», explica.

Gracias a la colaboración de 250 familias, un total de 75 niños salen de su casa a disfrutar con otras familias que les ofrecen cariño y diversión. «No hay que olvidar que muchos de estos pequeños van de casa al colegio y del colegio a casa y apenas se relacionan con otras personas», concluye Pinaglia.

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