Culturas

Kimsooja y el anhelo de otro mundo

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Los 708 farolillos que conforman «Lotus: Zone of Zero», de Kimsooja
ARTE

Kimsooja en tres actos en el CACMálaga. Su sutil lectura de las diferencias humanas sustentan su propuesta

Pareciera que Kimsooja (Taegu, Corea del Sur, 1957) procura con su obra un intento de reconciliación entre quienes nos hallamos «divididos» en razas, credos y «fortuitas» nacionalidades. Reconciliación o armonía que también persigue para nuestra relación con la Naturaleza, aunque sus vídeos en torno a los cuatro elementos, que aquí no se muestran, usen como vía la sublimación. Ciertamente, parte de su trabajo es sublime. Esto es, genera cierta elevación del alma, pudiendo convertirse en acceso a una plenitud espiritual, como la intervención específica y pieza central de esta exposición. Ese tono, aunque puede generar paradojas de fondo, ha de ser valorado, puesto que se pone al servicio de discursos en torno a problemáticas geopolíticas y sociales que no adquieren un tono explícito. Pero también, al tratar esos asuntos de una manera lírica (migración, conflictos entre países y religiones, tensión entre individuo y comunidad), consigue que desemboquemos en aspectos sustanciales al ser humano, como el hecho religioso.

«Lotus: Zone of Zero», la pieza principal, está compuesta por 708 farolillos con forma de flor loto que, centrando el desnudo espacio expositivo, tejen una suerte de ingrávido palio o tabernáculo. La estructura, que se acompaña por cantos tibetanos, gregorianos e islámicos, obliga a elevar la mirada mientras nos situamos bajo ella envueltos por ese ambiente sonoro en el que se «acoplan» distintas creencias. Ese mirar hacia arriba se carga de sentido como gesto de elevación y trascendencia, ayudado por los cantos litúrgicos que parecen transportarnos. El uso del farolillo, además de incluir la artesanía como universo recurrente para Kimsooja, remite a la celebración del nacimiento de Buda. Esa suma de «voces distintas» que llaman a la oración, loan o celebran, tal vez a un solo Dios –Uno y distinto–, junto a la simbología que adquiere el farolillo budista, convierten ese «cielo protector» en lugar de encuentro, comprensión y fraternidad consagrado a iluminarnos.

Migraciones

Fiel a ese tono poético que huye de lo descarnado, los dos «bottari» de la colección permanente introducen el tema de la migración. El misterio parece latir en esos hatillos de telas tradicionales, cuyos interiores pueden contener enseres. Vivencias y todo cuanto se posee viajan en el corazón de ese mundo cargado a cuestas. No podemos obviar la condición escultórica de esos «fardos de vida».

«To Breathe-The Flags», un vídeo en el que 246 banderas de países se suceden fundiéndose y encabalgándose en una sola, supone el anhelo de una justa convivencia y un orden mundial equitativo. La objetividad de la ordenación alfabética, por el contrario, genera algunos «encuentros» de naciones que comparten enemistad- asoman, también, escudos que se basan en la violencia o banderas de países «nacidos» tras guerras, lo que tiñe de cierto candor la propuesta y eleva su ideal o deseo de otro mundo a lo utópico.

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