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«Hillary es el mismo diablo»

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Una mujer exhibe una pancarta en apoyo de Trump junto a otros simpatizantes del magnate, durante un mitin este jueves en Delawere (Ohio) – AFP
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Vivir el tercer y último debate presidencial rodeado de mujeres republicanas deja clara una cosa: su odio a Hillary Clinton puede con cualquier escándalo de Donald Trump

Es una noche de miércoles templada, casi de verano, y los dos policías que escoltan el número 3 de la calle 51 no disimulan su cara de aburrimiento ante la misión que tienen por delante: la proyección del tercer y último debate presidencial en el Club Nacional de Mujeres Republicanas.

Es un edificio imponente, de estilo colonial. Lo levantaron las socias del club a comienzos de los años 30, en el lugar donde estaba una de las residencias del magnateAndrew Carnegie. Los orígenes del club están en un grupo de mujeres sufragistas que luchaban por conseguir el derecho de voto de las mujeres y su plena incorporación a la vida política. Hoy sus sucesoras tratan de evitar que Hillary Clinton se convierta en la primera presidenta de EE.UU. y apoyan a un candidato incapaz de evitar el lenguaje vejatorio contra las mujeres y acosado por escándalos sexuales.

«Sería una vergüenza que ella fuera la primera presidenta. Me encantaría que hubiera una mujer presidenta, pero debe ser válida», asegura una de las socias, sin dar su nombre. «Hillary es el mismo diablo. Representa lo peor del capitalismo corrupto».

Las socias acompañan con amabilidad a los invitados -entre ellos hay algunos hombres– al tercer piso, donde un salón rancio con cortinas drapeadas, lámparas de araña y chimenea acoge la emisión en vivo del debate.

«Todos mis amigos varones me aseguran que así son las conversaciones de vestuario»

Aquí no hay ni rastro del fervor de las fiestas de visitando del debate que se celebran en toda la ciudad -casi todas de signo demócrata-, con vítores a Clinton, abucheos constantes a Trump y cánticos. Las señoras del club, casi todas cumplidos los sesenta años, casi todas blancas y casi todas rubias, intercambian risas de desprecio de una mesa a otra cuando habla Hillary y carcajadas -a veces incómodas- cuando Donald repite sus ataques habituales a la candidata demócrata.

A juzgar por la diversión, el debate parece a veces un programa de humor, como si se tratara de la ya célebre imitación de Trump que Alec Baldwin ha hecho las últimas semanas en Saturday Night Live. Pero el que habla es el Trump de verdad. Cuando el magnate neoyorquino interrumpe a Clinton para escupir un «&iexcl-qué mujer más repugnante!», solo se ríen los hombres en la sala.

«&iquest-Y qué hay de lo tuyo?», le grita una a la pantalla gigante, cuando Clinton se ensaña con los escándalos sexuales de Trump.

Al fondo de la sala, una señora elegante, con unos pendientes estupendos, sacude la cabeza con desaprobación cuando a Trump le da por criticar a Ronald Reagan. Es la misma que califica a Clinton de «el mismo diablo». Su postura resume el clima que se vive en la sala: Trump es un hombre «imperfecto», pero cualquier cosa es mejor que Clinton. Su primera opción en las primarias republicanas era Scott Walker, la segunda, Ted Cruz. Para Patty Page, otra socia, su primera opción era Chris Christie. Lleva una chaqueta vaquera con el logo republicano -el elefante- tatuado en la espalda que no deja de recibir parabienes. «Lo que dijo fue estúpido», critica sobre el vídeo con lenguaje obsceno que salió a la luz hace unos días. «Pero todos mis amigos varones me aseguran que así son las conversaciones de vestuario».

Juega «sucio»

«Para mí es irrelevante, era una conversación privada. &iquest-Por qué tenemos que centrarnos en eso con todo el daño que ha hecho Hillary a este país», insiste Melania Crump, que es candidata al Senado estatal de Nueva York, y critica el «juego sucio» de la campaña de Clinton.

«Fue algo decepcionante», concede Robin Weaver sobre el lenguaje de Trump, la presidenta del club, mientras recibe saludos de varias invitadas, entre otras, de Donna Patrick, sobrina del candidato a vice presidente, Mike Pence. A pesar de sus vínculos familiares con el «ticket» presidencial, no tiene pelos en la lengua. «Está enferma de la cabeza», dice de Clinton. «No la votaría por nada del mundo».

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