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Hasta 50 sospechosos y nueve líneas de investigación para cazar a Ortiz

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El procesado, exhibiendo su voluminosa musculatura – ABC
Juicio al pederasta de Ciudad Lineal

Por su frialdad y modo de actuar, la Policía supo enseguida que estaban ante un agresor sexual en serie con antecedentes

Con peor aspecto a medida que avanza el juicio, ya que sigue sin afeitarse, Antonio Ortiz, el presunto pederasta de Ciudad Lineal, escuchó ayer el relato del responsable de la operación Candy, quien desgranó todos los indicios que condujeron a su detención en Santander el 24 de septiembre de 2014. Tuvieron a 50 sospechosos bajo la lupa (entre los que no figuraba él) y trabajaron con nueve líneas de investigación. Entre ellas, la descripción del presunto autor, el posicionamiento del teléfono, los vehículos empleados, las cámaras, vestigios biológicos… Al final, la lista de pedófilos se redujo a tres, entre los que ya se encontraba el acusado, para acabar centrándose en él, acusado de cuatro agresiones sexuales.

Tras la primera conocida de 2014 a la menor española el 10 de abril, la testigo protegido número 3 (TP3), se observó que coincidía la «firma del autor» con otro suceso ocurrido el 24 de septiembre de 2013 a una niña dominicana (TP2) que quedó sin esclarecer. En los dos casos engañó a sus víctimas diciendo que era amigo de sus madres.

Por su frialdad y modo de actuar «supimos que estábamos ante un agresor sexual en serie». Así lo explicó el entonces inspector jefe del Servicio de Atención a la Familia (SAF), que coordinó un dispositivo integrado por más de un centenar de agentes, incluidos los dos grupos que dependían de él: el III y el XXII.

Al final todo fue encajando. La forma en la que Ortiz abordaba a las víctimas con engaños o diciendo que iban a gastarle «una broma» a un familiar- el denominado «piso de los horrores» descrito por la TP3- su acceso a los vehículos empleados (Toyota Celica y Citroën Xsara Picasso)- el posicionamiento de su teléfono en los lugares de los hechos antes o después- los sedantes y las duchas».

A ello, el responsable de la operación Candy, sumó la descripción física aportada por las víctimas, en especial, la última, la dominicana (TP5) que no fue drogada, y la mujer que la recogió en un descampado y le vio el 22 de agosto de 2014. «Era muy musculoso y corpulento», dijo la adulta. «Llevaba una mochila y tenía las venas marcadas, sudaba mucho y se limpió con una toalla pequeña como las de los gimnasios», indicó la menor. Esa fue la pista definitiva.

A partir de ahí, centraron la búsqueda en establecimientos deportivos en busca de un forofo del culturismo y hallaron su ficha en uno de ellos. Tiraron de antecedentes y saltó la alarma: había estado en prisión por agredir a una menor en 1998 que no se registró como tal. Buscaron elementos comunes entre la descripción de las víctimas y de los testigos. «Esto es una gota más que se resuelve por la acumulación de indicios».

Los investigadores habían constatado ya que la madre del procesado tenía una vivienda en la calle de Santa Virgilia (Hortaleza) que podía encajar con la descrita por la TP3.

«Puse testigos en el ‘piso de los horrores’»

«Describía dos porterías que eran dos gálibos y un aparcamiento semicircular», explicó el exresponsable del SAF. El portero le dijo que estaba a la venta y le dio una llave del portal, pero no cuadraba del todo con las características aportadas por la víctima que aludía a puertas blancas con tres números haciendo un triángulo. «Puse un testigo en la puerta para ver si acudía alguien. Y el 17 de junio, la noche de los abusos a la menor china, la TP4, me pasé por ahí por si había algún movimiento», precisó el exjefe del SAF.

Estaban ya muy cerca. Al final, el último ataque fue crucial: las cámaras captaron parte del coche, el Xsara Picasso gris, en el punto exacto en el que paró para comprar una crema, como dijo la niña. El círculo se cerraba. Pidieron el posicionamiento del móvil del sospechoso y el 27 de agosto en un control policial los agentes le hicieron abrir su mochila: tenía una toalla igual a la descrita por la TP5. Ortiz se temió lo peor. Cuando llegaron los datos de la operadora, la geolocalización de su móvil le situó en Santander, a donde había huido dos días antes.

El acusado no paró de torcarse la nariz, la oreja y la la boca, inquieto. También se chasqueó los dedos

El acusado entró en la Sala con una sonrisa forzada y puso cara de póquer nada más sentarse en el banquillo. No paró de tocarse la nariz, la oreja y la boca, inquieto. También se chasqueó los dedos en varias ocasiones. Cuando intervino su abogado se sujetó una mejilla con la mano escuchándole con atención.

Su defensa trató de cuestionar el reconocimiento fotográfico de las víctimas, aludiendo a que les habían mostrado la foto del presunto pederasta antes, un extremo que negó, tajante, el exresponsable del SAF. Lo mismo ocurrió respecto al posicionamiento de los móviles, los itinerarios que realizó el acusado o el modelo de los coches. «Los geolocalizadores sitúan dos puntos determinados (el del rapto y el de liberación), pero hasta que no tenemos un sospechoso concreto no sabemos si ha podido ir a otro lugar entre medias», precisó el mando policial.

En cuanto a los vehículos, subrayó que saben con certeza que usó el Citroën por la cámara del banco que captó su imagen y el modelo, aunque no la matrícula. El Toyota Celica fue vendido y sometido a una limpieza industrial, por lo que no se halló ningún vestigio en él. Si las había en el anterior modelo, que tenía huellas de Ortiz y fue intervenido por la Policía por tener en vigor un embargo cuando estaba en un concesionario, listo para ser adquirido. Fue el 15 de septiembre. Para entonces todas las piezas habían encajado.

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